Texto leído en el acto por Alfredo Izquierdo

En el caso de Alfredo Izquierdo resulta difícil esquivar el tópico: Uno de los imprescindibles de los que hablaba Bertold Brecht, una buena persona en el sentido machadiano, discutidor pertinaz, eterno bromista.....Todo esto, lo sabemos muy bien, es rigurosamente cierto. Sin embargo, lo que lo convertía en un hombre lleno de grandeza era sobre todo ese reconocimiento de su propia vulnerabilidad con el que acompañaba cada muestra de coraje. Alfredo pasaba de puntillas por sus victorias conjugando siempre los verbos heroicos en primera del plural: luchamos, fuimos despedidos, conquistamos; por el contrario, recurría al yo para confesar abiertamente sus "debilidades", el miedo que pasó en la Dirección General de Seguridad, el cansancio en los años más duros, sin sospechar que de esa manera su figura se agrandaba ante nosotros.

Muchos y muchas hemos madurado social y políticamente a la sombra de tipos como Alfredo, sin ir más lejos en la AAVV de Irala, un baluarte primero contra el franquismo y más tarde contra el Bilbao de dos velocidades, frente en el que volcó sus esfuerzos durante décadas. De aquellos príncipes y princesas de la lucha colectiva, de aquellos dinosaurios-por qué no utilizar tan hermosa palabra- aprendimos lo que significaba la autoridad moral, esa rara gema que sólo brota en ambientes rocosos.

A Alfredo le habría gustado especialmente saber que por encima del respeto, de la admiración, incluso por encima del aprecio, nos inspiraba una ternura sin límites. 

Y permitidnos terminar con unos versos de Luis Eduardo Aute que podrían servirle de epitafio.


Reivindico el espejismo

de intentar ser uno mismo

ese viaje hacia la nada

que consiste en la certeza

de encontrar en tu mirada la belleza.